Seguimiento en directo en televisión y radio. Son las fuentes de primera mano que permiten conocer lo que sucede en Honduras:
Cobertura de la acción del Eje de Género de Rompamos el Silencio
Centro de Medios RES
12:17hs: Se retira la policía motorizada y la procesión feminista vuelve a poder avanzar por la calle Arenal en dirección a Oṕera. El helicóptero sigue sobrevolando la marcha, mientras se incorpora gente al cortejo, en estos momentos integrado por unas sesenta personas.
12:24hs: La procesión avanza por el centro de la Plaza de Oriente, esta vez con nuevas pancartas: "La virgen de la Almudena es bollera", "La iglesia y el estado me maltratan" y "Curas: especie en peligro de extinción. Firmado: unas linces". Un transehunte comenta, al paso del cortejo: " "Normal. Suerte, mujeres", mientras una señora regaña a una de las activistas por la manera en que lleva puesta la mantilla.
El juzgado de instrucción nº 49 nos acaba de notificar el archivo de los cargos presentados por la policía contra l@s 52 activistas detenid@s en la acción del Eje de Crisis de Rompamos el Silencio en el Casino de Madrid el pasado lunes 29 de junio.
Pedro Algorta, abogado, me mostró el gordo expediente del asesinato de dos mujeres. El doble crimen había sido a cuchillo, a fines de 1982, en un suburbio de Montevideo.
La acusada, Alma Di Agosto, había confesado. Llevaba presa más de un año; y parecía condenada a pudrirse de por vida en la cárcel.
Según es costumbre, los policías la habían violado y la habían torturado. Al cabo de un mes de continuas palizas, le habían arrancado varias confesiones. Las confesiones de Alma Di Agosto no se parecían mucho entre sí, como si ella hubiera cometido el asesinato de muy diversas maneras. En cada confesión había personajes diferentes, pintorescos fantasmas sin nombre ni domicilio, porque la picana eléctrica convierte a cualquiera en fecundo novelista; y en todos los casos la autora demostraba tener la agilidad de una atleta olímpica, los músculos de una fuerzuda de feria y la destreza de una matadora profesional. Pero lo que más sorprendía era el lujo de detalles: en cada confesión, la acusada describía con precisión milimétrica ropas, gestos, escenarios, situaciones, objetos...
Alma Di Agosto era ciega.
Sus vecinos, que la conocían y la querían, estaban convencidos de que ella era culpable:
— ¿Por qué? —preguntó el abogado.
— Porque lo dicen los diarios.
— Pero los diarios mienten —dijo el abogado.
— Es que también lo dice la radio —explicaron los vecinos—. ¡Y la tele!
Eduardo Galeano